jueves, 1 de enero de 2015

Nightmare II. Ahí viene

Recuerdo que olía a incienso cuando esa cosa estaba ahí esperándome. La iglesia era pequeña y tenía unas ventanas muy llamativas hechas de mosaicos de colores. El suelo era de madera, se podía notar que estaba muy desgastado y lleno de humedad, crujía con cada paso que se diera encima de él. Eso era muy inconveniente para mí en estos momentos.
Puse un pie en la madera. Crujió tan alto que el eco se calmo después de unos 40 segundos. Los 40 segundos más largos e intensos de mi vida.

-¡Maldición! - me quedé callada unos minutos – No puedo gritar eso dentro de una iglesia…. ¡Ha! Sólo escúchenme, incluso en situaciones como esta todavía pienso en formalidades. Sólo a mí se me ocurre.

Hacía mucho frío. Demasiado diría yo. Decidí atrancar la puerta con una de las bancas para orar. Así es, ¡más ruido! ¡Más escándalo! Ya que más da. Me pareció fácil, al parecer la adrenalina te prohíbe sentir dolor, esas cosas son increíblemente pesadas y yo sola pude moverlas. Después decidí esconderme en el confesionario más cercano y llorar. Tuve que aguantar y ahogar las ganas de gemir de la angustia para que no descubriera mi ubicación, pero…….él ya saben dónde estoy, entonces ¿Cuál es el propósito de esconderme? No lo sé, pero me siento más segura si lo intento de todos modos. Mentirme a mi misma de lo que ya se ve por venir.

-¿Qué hubiera pasado si no me hubiera levantado esta mañana? ¿Las cosas…hubieran sido diferentes? – susurré antes de quedarme dormida.
                                                                 
                                                                  *      *     *

Me levanté, como todos los días lista para ir al colegio. Me cepillé los dientes, me cepille el cabello y me preparé un desayuno improvisado. Detesto el sabor de la comida cuando ya me lavé los dientes, así que siempre me salto el desayuno y lo guardo para la tarde.

-¿Qué hora es? – pregunta mi madre – No se nos vaya a hacer tarde.

Me recojo la manga de la chamarra gris del colegio y veo la hora en mi reloj morado.

-Son las 6:40 am, no creo que lleguemos tarde - digo mientras abro la puerta y apago la luz de la sala – Nada nos detendrá de llegar.

Llegamos 6:50 am a la puerta de la escuela.

-¡Que te diviertas! – me dice mi madre con un beso en la frente.

Siempre ha hecho lo mismo desde la primera vez que puse un pie en un colegio. Para mí es algo normal, pues siempre he buscado divertirme en todo lo que hago. Mi madre me ha enseñado eso sin darme cuenta. Simplemente lo sé, así que lo doy por hecho.

-Oiga señora, ¿le dice eso a su hija todos los días? – pregunta el policía que cuida la entrada.

-Sí, es mi sello personal como madre – lo dice con una sonrisa orgullosa.

Esto me sorprende, llevo casi año y medio en este colegio y es la primera vez que veo que uno de los policías nos dirige la palabra. A veces olvido que todas las autoridades y adultos también son personas que sienten y hablan de manera normal, no que solo se enojan, que dictan deberes, que hay que obedecerlos, etc. Tienen ese algo, no lo sé, eso que los hace intocables. ¿Eso sería lo que llaman…respeto? Es como si hubiera una línea imaginaria que ellos solos se pintan y marcan un límite. Hay gente que rompe esos límites y llegan a traspasar esa burbuja. Esas personas logran ver a la verdadera persona, el ser humano que existe tras el uniforme.

-¡Pues me parece algo fantástico, señora! – sonríe el policía con entusiasmo – Siempre que veo a los chicos entrar, los padres solamente les dicen cosas negativas; los traen regañados, les dan una orden, como “No te duermas en clase” “Pon atención” “¡Pórtate bien!”. Desde un inicio parece que no confían en sus hijos y eso, señora, no se debería hacer. La autoestima es muy importante a esta edad y ellos, sólo llegan de mal humor. No señora, eso está bien mal.

-Pues sí, como ve – mi madre comenta un poco incomoda intentando seguirle la corriente.

Este hombre habla demasiado. No hay quien lo calle. Bueno, eso sonó algo grosero, pero no es ni el lugar ni el momento para comenzar una plática de ese tipo. A mí se me está haciendo tarde y sólo estoy ahí parada con una sonrisa medio falsa asintiendo a todo. Si me voy me vería mal y, si no me voy, jamás guardará silencio.

- Lo que está haciendo usted señora, es algo único. Jamás había visto algo por el estilo. Se los iré transmitiendo a los chicos cuando pasen por aquí, también a los padres ¡Ya verá! Los chicos vendrán más contentos.

Ay, dios mío ¿Es mi imaginación o, esto es una transferencia? Algo le habrá pasado a este hombre en su pasado como para que se ponga de este modo  ¿Será una transferen…? Sí, es una transferencia, definitivamente una transferencia, será mi primera impresión. Si noto algo que me diga lo contrario, seguiré pensando. Debería dejar de analizar gente, luego me da dolor de cabeza.
Al fin después de haber pasado esa larga conversación logré llegar a mi locker. Un profesor pasó cerca de mí y yo, que venía de buenas como todos los días, decidí saludarlo.

-¡Buenos días, profesor! – dije con una sonrisa.

Me pasó de largo como si no me hubiera escuchado. Lo mismo pasó con otros dos que iban pasando.

-Ya nadie tiene tiempo para saludar y sonreír ¿o qué? Que amargados.

Saqué mis cosas de mi locker y justo antes de terminar de poner el candado, un chico pasó y me dio un mochilazo en la cabeza. Ni siquiera notó que estaba ahí, venía riéndose de algo con otra chica.

-¡Hey! ¡Eso me dolió! Ten cuidado, por favor – le comenté mientras me sobaba la cabeza y recogía mis libros, que se habían caído por el golpe.

Me volteó a ver y se quedó callado. Nuestros ojos se cruzaron por un instante. Yo esperaba una disculpa. No hubo tal cosa. Simplemente se dio media vuelta y se siguió riendo.

-¿Qué rayos con la gente? Que chico tan imbécil, ese tipo de cosas me ponen de mal humor; al rato se me pasa, debo seguir sonriendo pase lo que pase.

De pronto, me di cuenta que un hermoso felino se aproximaba hacia donde estaba yo. Su cuerpo se transformó en gelatina cuando logró pasar por una cerca. Sus ojos eran verdes oscuro y una fina línea negra dividía ambos hemisferios. Hermoso de verdad.

-Hmmmm…. – dije, me quedé totalmente quieta admirando a la criatura. Ninguno de los dos se movió, no podía apartar la mirada de sus ojos.

Sonó la campana de la escuela y pude despertar del trance en el que estaba. El felino se apartó y logró meterse a un agujero pequeño sin dificultad.

-Bueno, eso…..es nuevo – dije al último antes de ir a mi salón.

Subí las escaleras y me dirigí al salón numero 24. Abrí la puerta con delicadeza, porque la verdad detesto a la gente que entra gritando de un portazo como si dijera “¡Mírenme!”, y me senté en silencio.

-Buenos días, Miguel – dije mientras leía un libro

-Buenos días…

Es fácil reconocerlo, con el simple sonido que hace cuando camina puedo saberlo.

-¡Buenos días, Pambazo! ¡Qué cara traes esta mañana! – dijo Héctor.

-Hoy pasaron muchas cosas…al rato se me pasa – dije con un tono algo cortante, no quería hablar de eso por el momento.

-¡Uuuuuyyy! ¡Perdón! ¡Discúlpame! Ya se enojó – dijo Héctor con sarcasmo.

No dejes que el mal humor se vea reflejado en tus acciones. ¡Sonríe!

-Lo siento pues. Ya. Estoy feliz, yeay…… – dije desanimada.

No funcionó, el cuerpo habla por sí solo.
Pasaron las 8 horas como agua, salí con mucho sueño. Miguel y Héctor iban conmigo. Estaban platicando sobre videojuegos, pero estaba tan cansada que casi no escuche nada.

-¡Hey! ¡Miren, un gato! – gritó Héctor.

-¡Ay, dios mío! No te vayas a morir, ay dios mío, como es el primer gato que ves en tu vida… - dijo Miguel con sarcasmo.

A veces me pregunto ¿por qué me junto con ellos? ¡Ha! Sera porque yo también soy demasiado sarcástica, solo con ellos puedo ser así y ninguno de nosotros se siente ofendido. Si lo hiciera con los demás me verían de otra forma.

-Es el mismo gato que vi esta mañana – dije al fin.

Salió huyendo hacia el patio de atrás.

-¡Oye! ¿A dónde va? –lo dice Héctor con sorpresa.

-Vayamos a averiguarlo – sugerí.

-Ok, eso es raro – me dice Miguel.

-¿Tienes algo mejor que hacer? – contesto.

No objetó a mi respuesta.
Llegamos a la parte de atrás del colegio y nos encontramos con decenas de partículas de polen volando en el aire. Comencé a sentirme mal. Todo me daba vueltas, no podía diferenciar la pared y los árboles. Lo último que alcancé a escuchar fue a Miguel diciendo mi nombre.
Desperté. Alguien había apagado la luz.

-Si estaré tonta, nadie ha apagado la luz, es de noche nada más – me dije a mi misma.

La caída y los sucesos me habían afectado, no podía pensar con claridad. Volteé a mí alrededor para buscar a mis amigos.

-¿Miguel?… ¿Héctor? ¿Están vivos? – dije en voz baja.

-No, estoy más que muerto y, por eso, te estoy hablando en este momento ¡Por supuesto que estoy vivo! – dice Miguel gritando.

Me tranquiliza que esté bien, pero el sarcasmo no era necesario. Realmente me asusté.

-¿Y Héctor? – indica Miguel mientras intenta levantarse.

-¡GAAAAAAAAAHHHHH! ¡AAAGHH! ¡AY! ¡AY! ¡AY! ¡AY! ¡YAAAA POR FAVOR, NO MÁS! ¡NO MÁS POR FAVOR! ¡SUELTAMÉ! ¡SUELTAMÉEEEE! ¡NO! ¡NOO! ¡NOOO POR FAVOR!........

-¡Eeek! Ay, dios mío ¡¿Qué rayos fue eso?! – digo con terror – Suena como una combinación entre llanto y desesperación con sonidos de animales salvajes.

-¡Tenemos que ir! ¡Sígueme! – me grita Miguel con los ojos tan abiertos que la verdad no me agradaron. Esa era la mirada de alguien que actúa por instinto, pero yo sabía que en el fondo tenía miedo.

Una bestia infernal se encontraba en el patio principal del colegio. El olor a sangre era insoportable.  No había rastro de Héctor. No más gritos. No más suplicas. No más…

-Parece una quimera – digo mientras señalo el enorme cuerpo que se movía con pesadez y que respiraba con demasiada fuerza.

Parecía un león gigante, musculoso y agresivo. Los huesos de su espalda se movían de una forma algo grotesca. No dejó nada. Héctor había desaparecido para siempre. Jamás lo volveré a ver. Por un instante extraño su sarcasmo y me arrepiento tanto de haber sido tan fría con él en la mañana.

-¿A dónde huimos? –le digo a Miguel en voz baja. – Ah…¿Miguel?

Miguel está llorando. Esta aferrado a la pared aguantándose el llanto. Lagrimas comienzan a salir sin control mientras pone su puño en su boca para no hacer ruido. Comenzó a hiperventilar con más agresividad. Tenía que calmarlo.
Me agaché hacia él intentando quitarle el puño de la boca. Estaba hecho pedazos, tirado en el suelo sin poder hablar. El enorme animal volteó hacia nuestra dirección.

¡PAF!

Le di una bofetada.

-¡Regresa a tus sentidos! – susurré con agresividad.

Dejó de llorar y me agarró del brazo con fuerza. Estaba desesperado.

-….No quiero morir – al fin dijo - No así...

Lo levanté y corrimos hacia la salida. El animal gruñó como cuando alguien escribe en un pizarrón de gis y lo arrastrara adrede sin parar. Era increíblemente insoportable.
De un brinco bloqueó la dirección hacia la salida, era hábil el maldito. Ágil aun con ese tamaño. El único lugar al que podíamos ir era a la pequeña iglesia que se encontraba dentro de la escuela. No sabía a dónde más podíamos ir.
Pasamos por el lugar donde hace unos minutos Héctor había sufrido sin control. Me pregunto si murió por el susto y el dolor antes de haber sido devorado. Bueno, eso es algo que jamás sabré.

-¡Wuuoow! ¡Auch! – dijimos los dos.

Nos habíamos resbalado con la espesa sangre de Héctor. Tomé del brazo a Miguel para seguir corriendo cuando de pronto la “quimera” gigante hizo que temblara el suelo con su enorme peso.
Miguel se volvió a resbalar. La bestia recargó su enorme pata sobre su espalda y la presionó con tanta fuerza que logré escuchar cómo se rompía la columna, vertebra por vertebra. Gritaba de dolor y por su vida. Me quedé inmóvil, pálida ante esa escena. Me dieron nauseas.
Su voz dejó de sonar, solo el sonido de su cuerpo rompiéndose era lo que predominaba en el pasar del aire. Miguel ya no estaba más en este mundo.
Corrí hacia la iglesia sin mirar atrás. Entré y cerré la puerta.

*      *     *

Me desperté después de escuchar una enorme respiración en la puerta. Seguía en el confesionario. Me había quedado dormida. El olor a sangre y a cadáver putrefacto se esparcía en el ambiente.  Como quisiera tener incienso de canela o de vainilla, son mis favoritos.

-¿Estoy soñando? Nada de esto tiene sentido. No es real ¡NO ES REAL! Están vivos. Yo sé que están vivos. Van a volver ¿verdad? No están muertos ¿verdad?...Que alguien me ayude…

El sonido de cristales rotos se escuchó a unos 10 metros de distancia, lo cual no es casi nada; la enorme bestia olfateó hasta dar conmigo, aplastó el confesionario con el lomo de su cuerpo. Oscuridad. Después de eso ya no había vida en mí, al final sólo quedó mi cuerpo. Tan pacífico, como si durmiera.

Mamá
“¡Que te diviertas!”

Sonriendo hasta el final.


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